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BIENVENIDA

Dos códigos en mi vida

Por Camilo Arratia Toledo · La Paz, Bolivia

Toda mi vida estuve cerca de la tecnología. Cuando en mi casa no sobraba nada, mi papá igual buscaba la forma de darme acceso a ella. Recuerdo esas computadoras enormes que veía desde lejos, sin entender muy bien cómo funcionaban. Me fascinaban los disquetes apilados y yo trataba de entender qué hacía mi papá con ellos, cómo era posible que toda esa información estuviera ahí dentro.

Con el tiempo, mucho más rápido de lo que parecía, todo empezó a cambiar. Los disquetes desaparecieron y llegaron las famosas flash memory. Recuerdo perfectamente cuando mi papá me regaló una de 128 MB. Hoy parece ridículo, pero en ese momento era una maravilla. En mi colegio era casi una celebridad por tenerla. Incluso mi profesor de computación me pidió que le enseñara a usarla. Yo me sentía importante. La tecnología me hacía sentir importante.

Pero mientras ese mundo avanzaba a toda velocidad, en mi casa convivíamos con otro completamente distinto. Seguíamos challando. Bailábamos. Viajábamos al pueblo, a Santiago de Ojje y Llojpaya, de donde vienen mis abuelos. Allá no importaba cuánto almacenamiento tenía una flash memory. Había otras cosas que aprender: comer en apthapi, agradecer a la tierra, encontrarse con la familia, repetir tradiciones, escuchar historias. Eran dos mundos que, para mí, no parecían tener mucho que ver. Y, siendo joven, creo que pensaba que uno era lo moderno y el otro simplemente lo nuestro.

Con los años entendí algo que entonces no podía ver: mis papás nunca intentaron alejarme de lo que éramos. Todo lo contrario. Ellos entendieron muy temprano que la tecnología podía abrirme puertas. Cuando no vienes de un lugar con muchos privilegios, muchas veces necesitas herramientas adicionales para poder moverte en determinados espacios. Mi papá hizo enormes esfuerzos para que yo tuviera acceso a tecnología desde muy joven. Tuve mi primera laptop bastante temprano y terminé siendo conocido como el “chico de la tecnología”. Hoy agradezco muchísimo a mis papás por haberme dado esas herramientas. Sin saberlo, estaban ayudando a construir una parte importante de mi identidad.

Como algo natural terminé estudiando Informática en la UMSA. Y no me fue nada mal. Era uno de los mejores, sacaba cien en programación y en los laboratorios, y algunos me llamaban prácticamente un prodigio.

Hasta que algo dentro de mí empezó a hacer ruido. Porque siempre había otra parte de mí que estaba ahí: la que quería entender a la gente, encontrarse con el otro, preguntarse por nuestra sociedad, nuestra cultura y nuestras desigualdades. Yo había vivido de cerca los conflictos sociales de octubre de 2003, y mientras avanzaba en Informática, empecé a sentir que las máquinas no eran suficientes para explicar el mundo que me interesaba entender.

Entonces hice algo que, en ese momento, parecía una locura: me cambié de Informática a Sociología. Pasé de ser el chico de la tecnología a convertirme, en mi propia caricatura, en el hippie que habla de lo social. Y durante un tiempo pensé que había dejado atrás todo lo anterior. Incluso me daba cierta tristeza. Sentía que había tirado por la borda todo lo que mis papás habían hecho para abrirme las puertas de ese mundo tecnológico.

Pero no fue así. Lo digital siempre había sido parte de mi formación, igual que mi herencia aymara y popular. No tenía que eliminar una cosa para quedarme con la otra. Simplemente todavía no sabía cómo juntarlas.

Pasaron los años y, casi sin darme cuenta, mi vida profesional empezó a llevarme justamente hacia ese lugar. La sociología me permitió entender a las personas, las estructuras, la cultura y las desigualdades. La tecnología seguía ahí, acompañándome, pero ahora desde otro lugar. Empecé a trabajar en temas relacionados con tecnología, internet, derechos digitales y, más recientemente, inteligencia artificial. Y un día me di cuenta de que aquello que durante años había sentido como una contradicción era, en realidad, una intersección. A los 35 años soy sociólogo y trabajo en tecnología. Las dos cosas que alguna vez pensé que estaban separadas terminaron siendo parte de la misma historia.

Quizás también es algo muy de nuestra generación. Los millennials vimos pasar los disquetes, los CD, las flash memory, los celulares, Facebook, los smartphones, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial. Vivimos una revolución tecnológica prácticamente en tiempo real. Pero también crecimos escuchando a nuestros abuelos, participando de nuestras tradiciones, viajando al pueblo, comiendo en apthapi y aprendiendo códigos culturales que no estaban escritos en ningún manual.

Vivimos entre códigos. Códigos de máquina, códigos culturales, códigos familiares, códigos sociales. Y durante mucho tiempo pensé que tenía que elegir entre ellos. Hoy creo que justamente ahí está la riqueza, porque un código, para funcionar, necesita conectarse con otros. Y eso también es la vida actual: la tecnología ya no está afuera de nuestra cultura. Está metida en cómo trabajamos, aprendemos, nos relacionamos, buscamos oportunidades, hacemos política, cuidamos nuestras comunidades y hasta en cómo preservamos nuestra memoria.

Por eso nace Código Awicha. No como un proyecto que quiere explicar la tecnología desde arriba, ni como un intento de volver “tecnológico” lo ancestral. Más bien al revés: quiero hablar de inteligencia artificial y tecnología desde lo nuestro. Desde La Paz, desde Bolivia, desde nuestras familias, nuestras historias y nuestros códigos culturales. Porque la tecnología ya no es ese privilegio que yo veía cuando era niño, cuando una computadora o una flash memory podían hacerte sentir especial frente a los demás. Hoy lo digital es una necesidad. Y si la tecnología está cada vez más presente en nuestras vidas, entonces también tiene que dialogar con aquello que somos.

No creo que tengamos que abandonar nuestros saberes para entrar al mundo digital. Creo que podemos llevarlos con nosotros. De hecho, quizás necesitamos más que nunca hacerlo. El saber de mis papás. El de mis abuelos. El que se transmite hablando, el que no necesariamente está escrito en un paper, el que aprendimos viendo, haciendo y compartiendo. Ese saber también tiene algo que decirle a la tecnología. Y la tecnología, a su vez, puede convertirse en una herramienta para abrir oportunidades, aprender, crear y conectarnos.

Eso es Código Awicha. Una invitación a encontrarnos en ese cruce: entre el saber antiguo y el saber nuevo, entre lo popular y lo técnico, entre nuestros códigos y los códigos de las máquinas. A pensar la inteligencia artificial y lo digital desde lo nuestro: con cariño, pero también con criterio. Sin miedo, pero sin ingenuidad.

Porque quizás nunca fueron dos mundos. Quizás siempre fueron dos códigos buscando cómo encontrarse.

Código Awicha.
Dos saberes, una mirada.

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